-Otra noche más de insomnio-se dijo para sí misma Nora, mientras se levantaba para coger un libro.
Era el libro que un amigo suyo se había dejado olvidado ese mismo día en su casa, para cuando volviera a verle, pasarían unos días, así que tenía tiempo de sobra para comenzar a leerlo y acabarlo. Irse de casa era el título...
Cuando ya llevaba leídos dos capítulos, oyó que se abría la puerta de la casa... Se oyeron unas cuantas pisadas que cada vez eran más claras, conforme se iban acercando hasta a habitación de al lado. Se detuvieron. Lo siquiente que se escuchó fue el pomo al girar y los chirridos de las bisagras de la puerta al abrirse. De nuevo, las pisadas, varias personas entraron en el cuarto de al lado, cerrando la chirriante puerta tras de sí.
Nora cerró Irse de casa y puso atención a los ruidos que le llegaban desde el cuarto contiguo. Estaba segura de que volvían a ser María y su desconocida compañía de la noche anterior...Los muelles del zarrapastroso somier del camastro de María se escucharon dos veces, lo que le hizo pensar a Nora que había dos personas.
De nuevo se hizo el silencio y Nora retomó Irse de casa, un tanto decepcionada, pero tan enganchada a la lectura que no se dio cuenta de cúando empezó todo a vibrar. Se había metido tanto en la lectura que no sabría decir cúanto tiempo había transcurrido desde que se había impuesto el silencio hasta que se percató de aquel estruendo, pero lo cierto era que ahí estaba...
Sonaban los muelles del viejo somier, lo hacían a un ritmo tal que parecía que estuviera premeditado. El movimiento que recibían los muelles del cochambroso somier era el mismo que hacía que todo el camastro se moviera de tal manera que la cabecera de madera de la cama golpeara contra la pared, añadiendo un nuevo sonido rítmico a aquel espectáculo. Cada golpe que la cabecera de la cama daba contra la pared hacía que se balancearan los cuadros y el crucifijo que colgaban de la misma. Y a cada balanceo que éstos daban de izquierda a derecha, se rozaban contra el gotelé, generando un nuevo registro sonoro.
El movimiento que le llegaba a la pared contra la que se apoyaba la cabecera de la cama, por invisibles normas físicas se pasaba al techo del que colgaba la lámpara de múltiples brazos que no dejaba de balancearse amenazando con caerse, mientras añadía un nuevo ruido a todos los demás.
En la base de todos aquellos objetos sonoros estaba el envejecido suelo de madera sobre el que se apoyaban las cuatro patas del camastro vibrante. Todas y cada una de las tablas de madera que componían aquella superficie crujían incesantemente.
Nora, que había cerrado otra vez Irse de casa, se había quedado atónita ante semejante concierto. Lo escuchaba boquiabierta desde su cuarto, percatándose, además, de que las vibraciones de la habitación de al lado se pasaban a la suya, haciendo que los cristalitos de la lámpara que colgaba de su techo chocaran entre sí ligeramente generando un tintineo. Y aquel tintineo se le metió a Nora hasta el fondo de su mente y como si de un interruptor se tratara, se le encendió algo por dentro que le hizo saber de repente que se había hecho mayor. Que daba igual quién fuera la compañía la María, que de ahí en adelante otras Marías y compañías se sucederían en su vida. Que era parte de haberse ido de casa.